habla dontaye draper

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happy habla dontaye draper

Mensaje por pantuflo el Miér Dic 12, 2012 9:10 pm


“Puedes salir de Baltimore pero Baltimore no saldrá nunca de ti”. El dorso de sus muñecas habla un idioma parecido: en la derecha, un trazo grueso de tinta incrusta “B-More” bajo la dermis; en la izquierda, tres dígitos: 410. Un prefijo telefónico, ya imaginarán de qué ciudad de la costa atlántica de los Estados Unidos. Un gorro negro de lana Dolce & Gabbana calado hasta las cejas y, dentro, un rostro aniñado, Dontaye “baby face” Draper, base del Real Madrid, un tipo que es al baloncesto lo que los trabajadores del puerto a su añorado Baltimore: jornal, honestidad, dolor de riñones y, según qué días, algo de buena mano apilando containers.

En Baltimore, alguien amontonó unos mamotretos de viviendas sociales en unos descampados del oeste de la ciudad. Eran los Lexington Terrace Projects. Colmenas de apartamentuchos separadas del centro por un cordón sanitario de autopistas. Algún despacho municipal lo llamaría proyecto de desarrollo urbano. Habrían bastado cinco letras: gueto. Allí nació Dontaye Dominic Draper hace 28 años. En el decorado real de la primera temporada de The Wire.

—En Europa, nadie ponía Baltimore en un mapa hasta que lo hizo The Wire, lo reconozco.

—No te preocupes, tío, en Estados Unidos tampoco.

—¿Te molesta?

—¿Por qué debería molestarme? The Wire cuenta la verdad.

—¿No exagera ni un poco?

—Es una serie. Claro que exageran una pizca. Esa es la cuestión: “solo una pizca”. En verano siempre jugábamos en la calle al fútbol americano. Cada noche había disparos. Y repito: c-a-d-a n-o-c-h-e. Entrábamos corriendo en casa. Esperábamos a que acabara el tiroteo. Salíamos y volvíamos a pasarnos la pelota. Hoy entiendo que es una locura tener que escapar con siete años de un drive-by [tiroteo en movimiento desde un coche], pero así es West Baltimore. Entonces tampoco nos preocupaba mucho. Era lo normal.



Su look de boy in the hood contrasta con una amabilidad casi embarazosa, un hablar pausado, un acento exquisito. Harvard y West Baltimore se cruzan en un punto llamado Dontaye Draper. O “Di”, como lo llama todo el mundo en el Real Madrid, donde se ha hecho un hueco como escudero de Llull y Sergio Rodríguez. Sabe que ellos son las estrellas y él, mecánico de urgencia cuando se te queda tirado el coche en un pabellón turco. Un base para misiones especiales.

Antes de la entrevista, dudaba de si Draper, al que todos definen como tímido, le apetecería hablar de una serie de televisión que podría ni siquiera haber visto. Al contrario, además de verla, la ha vivido. Y no hay quien le frene hablando de aquellas calles.

“The Wire es una serie hecha por gente de Baltimore. Todos los personajes están inspirados en tipos reales de allí. El verdadero Avon Barksdale [capo de la droga en West Baltimore en las tres primeras temporadas de la serie] se llamaba Nathan Barksdale y lo apodaban Bodie. Mi madre lo conoció en persona. Luego acabó en la cárcel”.

Dontaye nació en una casa con sus abuelos, sus tías y su madre, empleada postal, a la que no veía mucho por la cantidad de horas de trabajo que hacía para alimentar al resto. Lo educó su abuela. Pero al final, explica Draper, no hay determinismo posible, ni siquiera en las calles de Baltimore. Siempre queda el resquicio de tu voluntad.

“Mira, robar robábamos todos. Joder, éramos de los Projects. Llegábamos a una tienda y cogíamos bebidas o cromos de fútbol americano. Un día, alguien propuso robar algo más grande, equipos de sonido y tal. Ese día dije: yo me bajo. Si tienes personalidad, puedes. Pero hay que hacerlo pronto”.

Dos de sus íntimos amigos se saltaron la parada y hoy cumplen cadena perpetua por asesinato. Otros cinco están encerrados por delitos relacionados con las drogas.

“Con seis años, había visto toda clase de pistolas y todos los tipos de drogas que existen. Eso en West Baltimore es una infancia normal. Convives con ello. En la esquina de mi casa, como todas las esquinas, se vendía droga. La casa junto a la mía era un almacén de los camellos. Y así todo”.

—The Wire lanza un mensaje a favor la legalización de las drogas. ¿Qué opinas?

—Ooooh no. No way. Jamás. No sabes lo que estás diciendo. Eso no es bueno, tío. Todos quieren dinero. Yo también quería. Pero supe que para ello tenía que trabajar duro y el baloncesto podía dármelo.

—Hablando de baloncesto, la polémica entre el este y el oeste de Baltimore, también muy centrada en este deporte, ¿es real?

—Ooooooh claro. Todo allí es este contra oeste. Todo. Es incluso difícil de explicar para los que son de fuera. Mira, yo no tengo ni un solo familiar de Baltimore este. Ni uno [se sacude las manos, con las palmas, como diciendo "estoy limpio"].



Hace unos años, los de los barrios del este de Baltimore tenían más fácil sacar pecho:

“De pequeño, siempre se mofaban de nosotros porque todos los jugadores en la NBA eran de East Baltimore: Sam Cassell, Reggie Williams, Reggie Lewis, Tyrone Bogues o, ahora, Rudy Gay. Pero nos hemos vengado: todo Baltimore es hincha de los Knicks por Melo Anthony [Baltimore es la ciudad de Estados Unidos con más jugadores NBA sin tener equipo profesional].

Carmelo Anthony es el mejor amigo de Dontaye Draper y también uno de los cuatro mejores jugadores de la NBA: un poker que se juega con Kobe Bryant, Lebron James y Kevin Durant. Melo es el más en forma está de los cuatro. El primer jugador que hace ganar así a los Knicks desde Pat Ewing. Nació en Brooklyn, pero con ocho años se mudó a los Housing Projects de Baltimore y, nada más pisarlo, conoció a Draper jugando al fútbol americano. Vivían a unas manzanas de distancia. Desde entonces son inseparables. Cada verano se juntan en Baltimore con Rudy Gay ["es del Este, ok, pero de la periferia, así que le dejamos"] y Chris Paul a echar unas canastas y realizar obras benéficas.

En una de esas visitas, Melo fue grabado con unos colegas en los bajos de unas torres conocidas por ser un avispero de narcotraficantes. Terminó en un vídeoclip titulado Stop snitching (Basta de chivatos), producido por los narcotraficantes, y que circuló por las calles de B-More como aviso a navegantes. Fue en 2004.

“Cuando Melo va a Baltimore no es el jugador de la NBA, camina por West Baltimore como uno más. Con sus colegas. Se la jugaron. Pero ese día entendió que cuando eres estrella de la NBA no eres nunca uno más”.

El alero de los Knicks aprendió la lección, pero en las intersecciones de West Baltimore, cada señal de stop suele ir acompañada de un graffiti que completa el eslogan para que los don nadie no olviden la suya.

Melo y Di siguen siendo declarados fans de los Baltimore Ravens de fútbol americano. “Mira, esto es Estados Unidos. Primero se habla de fútbol. Luego, de fútbol. Y luego, quizá, de algún otro deporte”, dice Draper que, de pequeño, soñaba junto a Melo con jugar en la NFL, no en la NBA. Ahora se está haciendo a nuestro fútbol: “Empiezo a entenderlo y ya llevo tres partidos en el Bernabéu. Es menos aburrido que el baseball”.

Con el corazón en Baltimore, Di es un veterano de la emigración. Jugó en Australia, Italia, Francia, Bélgica, Croacia y ahora España. Tras intentar hacerse un hueco en la NBA con los Nuggets y obtener un pequeño contrato de un mes, acabó en los Sidney Kings, una liga donde ya jugaban David Barlow (UCAM Murcia) y Nathan Jawai (FC Barcelona). El problema llegó con el salto a Europa. Draper podría escribir un libro de viajes delineando la sociología europea, al modo de las antiguas expediciones periodísticas. Su primer destino: Nápoles.

“No había pisado Europa. Aterricé allí y dije ‘maaaaaaaaaaaaaan…. [hace una pausa, la de quien estuvo en el infierno y volvió para contarlo]… maaaaaaaaaaan, esto es peor que Baltimore’”.

El primer sueldo no llegó. Las victorias sí, en pretemporada, de la mano de las promesas incumplidas. Un día apareció el presidente para decirles que por problemas de dinero no jugarían la ProA.

“No se podía empezar peor en Europa. Hablé con mis agentes y enseguida me buscaron otro equipo. El Toulon, en Francia. Buen clima, playa… En mi primer entrenamiento, cojo un balón y hago un tiro. Mi entrenador, Alain Weisz, me suelta: ‘¿Por qué tiras sin mi permiso? Fuera’. Y me expulsa. Joder, ¡un tiro en un entrenamiento! Yo soy un tío tranquilo, obediente. Me había equivocado: la vida podía ser mucho peor que en Nápoles”.



Draper entendió la diferencia entre anarquía y cartesianismo en un par de clases prácticas. B-More siempre fue más de lo primero que de lo segundo.

“Fue mi peor periodo. Estaba triste cada día, hundido. El entrenador apenas me dejaba jugar. Hasta que se lesionó el otro base. Entonces no tuvo más elección que dejar de tocarme los huevos. Empecé a hacer partidos de 25 puntos, ganábamos en Eurochallenge. Pero no estaba bien. Pactamos mi salida, pero cuando vio que seguíamos ganando se negó a traspasarme. Al final, lo conseguí. Rumbo a Ostende. Los belgas están cerca, pero son muy diferentes”.

En Ostende encontró algo de calma, gente menos psicorrígida que en Francia, un club pequeño pero profesional, mucho protagonismo y de la mano, previo paso de nuevo por Italia, pero ya cobrando un sueldo, nuevo destino: Croacia.

“Adoro ese país. Todos hablan inglés. Y si les das motivos para estar orgullosos de ti, responden. En mi primer partido en la cancha del Cedevita había 15 espectadores. Los conté. Allí todo era Cibona y Zadar. Al poco tiempo ya habíamos llenado el Drazen Petrovic Arena. Eso sí, sobre el tema de la guerra no hablamos mucho. Se veía que era mejor leer algo que preguntarles a ellos”.

Cosas que se aprenden de pequeño en Baltimore: mejor no hacer demasiadas preguntas.

En España, le han dicho que hay crisis. Él no termina de percibirla. “Yo miro a mi alrededor”, dice en la cafetería de un gimnasio de Pozuelo, el pueblo con la renta per cápita más alta de España, “y no veo esa crisis. Por la calle, en la ciudad, tampoco. Las casas están bien. No voy a compararlo con Baltimore, tío, pero yo sé lo que es la pobreza y la pobreza se ve”.

Cada vez que viaja a Estados Unidos vuelve a Baltimore. Su madre, sus tías, todas siguen viviendo allí. “Les he comprado una casa en otro barrio, en el extrarradio, más tranquilo, pero siempre en West Baltimore, ¿eh?” Nada del este, persiste, como un Borbón ofendido exhibe su pedigrí. En verano colabora en alguna actividad benéfica de la fundación de Melo Anthony y luego, a la hora de cenar, se sientan todos a la mesa. ”Solemos ser unos siete en la mesa. Y tantas veces hemos hablado de aquellos años en los Projects, de lo que vimos y lo que vivimos y…. “ … y baby face Draper lanza un suspiro, se cala su gorro y pone rumbo a la puerta, a seguir su aventura en el único equipo de Europa en el que al baloncesto se juega como en un playground de Baltimore.



Fotografía: Guadalupe de la Vallina

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